miércoles, 2 de junio de 2010

Polvo de estrellas



"He perdido el hilo del relato. Me proponía escribir el pasaje en el que Laura y mi padre se acuestan por primera vez. Pongamos que dejé el hotel sin haber descifrado el final escrito en el capó, pero con un capítulo terminado. Ese en el que mi padre brinca en el cielo y vuelve a la tierra para regalarle a Laura una estrella. Ella termina por creer que ha encontrado a su hombre. En una carta, le dice a su hermana Yolanda:"No hay otro más gentil ni ingenioso, aunque es torpe y tímido a la hora de las galas y los entremeses". Imagino que ha querido referirse a la primera noche de cuerpos entrelazados, de homenajes postergados. Brutal en algunas caricias, tal vez mordisquero y hablador, mi padre la había deseado tanto que ya no tenía otra cosa que decirle que no fuera su felicidad: un revoleo de grupas humedecidas por el calor de la noche, algo frío que se vuelca sobre la cama, la tensión de una palabra inoportuna, el tiempo que vuela hasta el amanecer: mitad negro y mitad rojo. Cerca, alguien muere; atrás quedan, pequeñas, balbuceantes, las quimeras soñadas en playas nocturnas y la voz de Ángel Vargas que canta sin micrófono. Ella sabe cuán sola está, rendida en los brazos de un gran oso de pelaje blanco: nunca se hubiera fijado en sus pies planos, en la leve malformación de la cadera si él no se hubiera parado sobre una mesa del balcón a hacer la cuenta de astros silentes y meteoros a la deriva. No es un romántico a la violeta sino un filibustero exhuberante. Bajaba una estrella, la ponía en una bandeja y la rociaba con polvo de oro. Cuando la servía ya no era una estrella, aunque latía como un corazón recién arrancado."


(fragmento de La hora sin sombra, de Osvaldo Soriano)

2 comentarios:

Horacio dijo...

Gracias por traerlo, che. En lo personal, es uno de los libros de Soriano que más me gusta, un Gordo más intimista y persona, además de ser su última novela, por otra parte.

Abrazo

Matías dijo...

De nada!
Realmente fue muy grata y cálida la lectura de ese libro.

Coincidiendo con T.E. Martínez, prologuista del libro, sentí los ecos de esa desazón que habrían de sufrir quienes leyeron la novela con Soriano vivo. Testigos presenciales de su clímax como escritor, sin duda en la dulce espera de conocer su siguiente y seguramente magistral golpe, y de repente la muerte.

Abrazo.
Nos vemos en un rato