jueves, 24 de junio de 2010

El hilo en los recodos



Finalmente despertar de nuevo a la luz, entre estas malezas, como apaleado. Ha terminado un letargo subterráneo, reseco y a la postre inútil; por una de sus pocas brechas se filtraron, como sangre o como luna, estas palabras:


"Cuando trato de definir ese bien que me ha sido dado desde hace años, advierto que un privilegio semejante, por raro que sea, no puede ser único; que debe existir alguien, siquiera en el trasfondo en la aventura de un libro bien llevado o en la vida de un escritor feliz, alguien que no deje pasar la frase inexacta o floja que no cambiamos por pereza; alguien que tome por nosotros los gruesos volúmenes de los anaqueles de una biblioteca para que encontremos alguna indicación útil y que se obstine en seguir consultándolos cuando ya hayamos renunciado a ello; alguien que nos apoye, nos aliente, a veces que nos oponga algo; alguien que comparta con nosotros, con igual fervor, los goces del arte y de la vida, sus tareas siempre pesadas, jamás fáciles; alguien que no sea ni nuestra sombra, ni nuestro reflejo, ni siquiera nuestro complemento, sino alguien por sí mismo; alguien que nos deje en completa libertad y que nos obligue, sin embargo, a ser plenamente lo que somos."


(Marguerite Yourcenar, en Cuadernos de Notas a las "Memorias de Adriano")

2 comentarios:

Horacio dijo...

Gracias por traerlo y compartirlo. Muy buen texto de Marguerite Yourcenar. Me encantó, y creo que lo tomaré prestado, si no te enojás.

Es bueno encontrar a ese alguien que comparta nuestra pasión por perder "el tiempo" buscando la palabra exacta, la frase que cierre nuestro texto, el verso que completa la poesía, pero, por sobre todo, es bueno que ese alguien nos permita ser libre, que nos alcance con saber que está ahí.

Un abrazo

Matías dijo...

faltaba más, chamigo! copie y pegue con todo gusto :)


Si hay algo que me sorprende de Margarita, tanto o más que su talento, es su sabiduría. Tal vez haya sido dueña de una percepción muy aguda, no del todo normal ni tampoco adquirida. Algo así como un tono en los ojos, o en la voz. Porque uno lee, por ejemplo su primera novela, escrita a sus veintidos si mal no recuerdo), y se encuentra con frases de una lucidez imposible para esa edad. Seguramente algun extravagante fenómeno cósmico alumbraba la noche en que ella nació.

En cuanto a lo que decís, concuerdo. Quizás sea la artesanía de emociones y la soledad profunda de nuestro oficio los que nos exacerban esa necesidad común y humana.

Un abrazo, gracias por comentar.