domingo, 8 de noviembre de 2009

Sacramento azul


Olvidemos un rato el recelo ancestral con nuestros vecinos allende los Andes. No sólo eso: también arrumbemos la sospecha, los ojos entornados y tensos como la cuerda del arco que va a matar con desprecio brillante, flecha de acero bañada de mediodía. Una vez cumplimentado, inevitablemente reconocemos la incansable fertilidad de la tierra chilena. Y no me refiero a la uva, sino a los poetas. Tal vez sea el esplendor con el que esa tierra inunda los ojos de sus paisanos desde que los inauguran. Quizás sea una lección de las sirenas, cifrada en el oleaje indomable del Pacífico. O mensajes que el cóndor cosecha en las alturas, los secretos íntimos del viento.

La constelación de poetas enceguece detrás de la cordillera: Neruda, Mistral, Huidobro, Rojas, por nombrar algunos pocos de tantos, y ahí ya tenemos dos premios Nobel y un Cervantes. Hace un par de años descubrí la poesía del último, Gonzalo Rojas, merced a poemas sueltos y accidentales, diamantes con los que uno se tropieza. Lo intuyo el patriarca, la actual estrella guía de aquella constelación. Recuerdo que alguien, maravillado por el talento de Schwob, habló de cómo lograba que las palabras se "frotaran". La poética de Rojas produce el mismo efecto.


Mejor, que un par de poemas hablen por él. Pasemos a lo bueno:


Orquídea en el gentío

Bonito el color del pelo de esta señorita, bonito el olor
a abeja de su zumbido, bonita la calle,
bonitos los pies de lujo bajo los dos
zapatos áureos, bonito el maquillaje
de las pestañas a las uñas, lo fluvial
de sus arterias espléndidas, bonita la physis
y la metaphysis de la ondulación, bonito el metro
setenta de la armazón, bonito el pacto
entre hueso y piel, bonito el volumen
de la madre que la urdió flexible y la
durmió esos nueve meses, bonito el ocio
animal que anda en ella.


Oscuridad hermosa

Anoche te he tocado y te he sentido
sin que mi mano huyera más allá de mi mano,
sin que mi cuerpo huyera, ni mi oído:
de un modo casi humanote he sentido.

Palpitante,
no sé si como sangre o como nube
errante,
por mi casa, en puntillas, oscuridad que sube,
oscuridad que baja, corriste, centelleante.

Corriste por mi casa de madera
sus ventanas abriste
y te sentí latir la noche entera,
hija de los abismos, silenciosa,
guerrera, tan terrible, tan hermosa
que todo cuanto existe,para mí, sin tu llama, no existiera.

2 comentarios:

El hombre de arena dijo...

Hola Matias te cuento que tuve la gratisisma fortuna de charlar por casi una hora con el gran maestro Gonzalo Rojas, quien me alento a seguir escribiendo guardo algunos de sus consejos dados de una manera clara y nada ampulosa.
Saludos

Matías dijo...

excelente!


si hay algo que hace más grande a un maestro, eso es la humildad.


Un abrazo