viernes, 16 de octubre de 2009

Tus besos fueron míos


Si se acordaba cuál era el tango que más le gustaba a él, le preguntaron. A ella.

- Yo creo que era "Amurado". Sí, "Amurado" le gustaba, pero yo creo que el que más le gustaba era "Tus besos fueron míos". "Pasaste por mi lado con fría indiferencia, tus ojos ni siquiera se detienen sobre mí. Y sin embargo tienen sumida mi existencia, y tuyas son las horas mejores que viví". Ese tango le encantaba.

Contestó con la autoridad que le daba la relación que tuvieron. Impracticable, violenta, salvaje, desencontrada, caliente. Necesaria. Inexorable. Es la historia de muchas cartas y apenas nueve noches juntos, según escribió ella en un poema. Es la historia de la poeta y el narrador, ambos de lo mejor que produjeron las letras uruguayas: Idea Vilariño y Juan Carlos Onetti.

La celestina tenía que ser la literatura. Y lo fue. Años cincuenta, fértil el Río de la Plata en bullicio y ajetreo cultural. Bastó que Número, una revista literaria fundada entonces por Benedetti e Idea (entre otros), rescatara un libro de Onetti para que se decantara una reunión grupal primero y un encuentro, después. Ella y él, solos, en un bar de Montevideo: "'Estaba seduciéndome a fondo con lo mejor de sí mismo y tanto que yo me quedé convencida de que aquello era la séptima maravilla. Esa misma noche me enamoré de él. Me enamoré, me enamoré, me enamoré'." De él, de Onetti, "el último hombre del que debí enamorarme" como diría mucho más tarde y se daría cuenta pronto.

Vendría una ausencia, cartas en el medio, luego otro encuentro, ya en otros y más intensos términos. Pareciera que la relación entera puede sintetizarse así. Blanco o negro: o los eclipses, cataclismos entre las sábanas, la dicha más pura sobre la almohada, en la mesa con tazas humeantes de por medio; o el otro extremo, los desgarros, los enfrentamientos con esa violencia única de los que son peligrosos con la palabra. "'Es el último hombre de quien debí enamorarme porque éramos lo más imposible de ligar que había. Nunca entendió el ABC de mi vida, nunca me entendió como ser humano, como persona. Y así teníamos nuestros grandes desencuentros. Si yo hablaba de algo sumamente delicado él me salía con una barbaridad. Decía cosas que me hacían echarlo, imposibles de soportar. Todavía me pregunto por qué aguanté tanto, por qué volví tantas veces. Nos peleábamos y volvíamos a juntarnos, lo echaba, regresaba. Una noche me llamó desesperado para que fuera a verlo. Yo estaba con alguien que me amaba y lo dejé por ir a pasar una noche con él. Y recuerdo que lo único que hicimos fue ponernos de espalda, leyendo un libro él, y yo otro. A la mañana siguiente le agarré la cara y le dije: sos un burro Onetti, sos un perro, sos una bestia. Y me fui'."

Pero volvió. De una u otra manera siempre volvían el uno al otro. No podían evitarlo. Por y para él, ella escribió todos sus poemas de amor. Es sólo un cuarto de su obra, pero el más representativo, potente y descarnado. Sí, a él: "Recuerdo una vez que me prometió venir a Las Toscas a pasar una semana conmigo. Yo lo esperé pero no vino. Cuando finalmente nos encontramos le pregunté por qué no había venido. Le dije: "Te esperé". "¿Querés que te diga la verdad?" Dijo él "¿Querés realmente saber?" "Sí", dije yo que no iba a ser menos hombre que él... "Sí, sí, decime". "Mirá, –dijo él– me pasé la semana con una mujer. Pero cada vez que encendía un cigarrillo pensaba en lo nuestro." Y se acabó el tema. El decía siempre la verdad aunque esto te matara. No sabía lo que era cuidar al otro."

Tanta sinceridad, tantas idas y vueltas. Demasiado de lo uno y de lo otro: "Tuvimos períodos en que estábamos muy bien. En que todo funcionaba, en que nos entendíamos totalmente. Esos períodos eran maravillosos. Pero no duraban. Era todo muy complejo. Estábamos en uno de esos buenos momentos cuando él me dijo que se iba a Buenos Aires. "¿Por qué?" dije yo, "¿por qué te vas?" "Porque tengo que casarme", dijo él. "Tengo que casarme. Tengo". Entonces le dije: "Si estuviera locamente enamorada de otro hombre y te dejara por él, ¿lo aceptarías?" ¿Y él? El... no recuerdo bien qué dijo. Creo que nada. No era de hablar mucho, de explicar. El explicaba con palabras que tornaban todo más incomprensible. Pero era así. Eramos unos monstruos. Yo también."

Una vez cruzaron un límite. Ella, profesora de un colegio, recibió un llamado urgente: un colega asesinado, una asamblea gremial impostergable. "Si te vas no me encontrarás a tu regreso", le dijo él, imperturbable. Ella fue igual, descreyendo de la amenaza. "Pero en cuanto pude me escapé y regresé a casa. Cuando vi la luz prendida pensé que estaba pero cuando abrí la puerta sentí como si me golpearan en el pecho. Había dejado una nota insultándome y diciéndome un montón de barbaridades. Y mis poemas, unos poemas de amor que le había dado, estaban arrugados y tirados a los pies de la cama".

Tuvieron que pasar varios años hasta el reencuentro. Él había pasado tres meses encarcelado, un infierno gratuito verbigracia la hipocondría de un régimen militar. Cuando salió, ella fue a verlo y más tarde lo escribió así: "Quedamos solos y callados. Callados. Pero yo no soy como entonces; algo aprendí; algo me enseñó el recuerdo; siempre sentí no haber tenido más madurez para tratarlo entonces. O es la diferencia entre estar y no estar enamorada. Nos moriremos sin aprender a hablarnos', pregunté. Siempre nos costó', dijo. Te acordás de aquella vez que llegaste, después de tanto tiempo y estuvimos veinte, treinta minutos sin hablar, sentados, yo en la cama y tú en la silla. Me inhibiste siempre en todo'. Sí', dijo. Tu también', dije. Una vez me dijiste que no podías comer ni hacer el amor ni... conmigo'. 'Sí', dijo. Y me miraba por momentos; por momentos volcaba la cabeza; se mordía el labio superior, con una expresión de impotencia, de desesperación. Así que yo no sé lo que es el amor. Vos sufrías de amnesia, evidentemente. La primera vez que entré a tu sala del Museo quedé loco por vos. Nunca entendí lo que me pasaba; pero estaba loco por vos'. 'Nunca me lo dijiste'. 'Nunca entendí aquel deseo de posesión, aquel afán dominador. (Yo no recordaba nada parecido). No te dejaba ir a clase (es cierto). No podía soportarlo. Y no se trataba de deseo; si no, no sentiría esta horrible ternura que siento por vos".

Alguna vez colgué un cuento de él. Hoy, poemas de ella y un bonus track.

3 comentarios:

El hombre de arena dijo...

Hola Matias despues de mucho tiempo he vuelto a leer tus entradas como siempre muy certeras y llenas de valiosas opiniones
Saludos

Jose Ramon Santana Vazquez dijo...

... ...traigo
sangre
de
la
tarde
herida
en
la
mano
y
una
vela
de
mi
corazon
para
invitarte
y
darte
este
alma
que
viene
para
compartir
contigo
tu
bello
blog
con
un
ramillete
de
oro
y
claveles
dentro...


desde mis
HORAS ROTAS
Y AULA DE PAZ


TE SIGO TU BLOG




CON saludos de la luna al
reflejarse en el mar de la
poesia ...


AFECTUOSAMENTE
JARDIN DE BOLSILLO




jose
ramon...

Matías dijo...

gracias a ambos por comentar y por la buena onda
:)