sábado, 6 de junio de 2009

La Catedral del Mar


Fue temido desde siempre. Por antonomasia escenario de tragedias, el mar mantiene una relación contradictoria con los hombres, amos del escaso suelo firme que hay en el planeta. Misterioso, temido por eso mismo, recibió ofrendas de pueblos antiguos para aplacar la furia de Poseidón; también fue hogar para todo tipo de monstruos, como el legendario Kraken escandinavo o el esquivo calamar gigante, del que hasta hoy sólo se pudieron recuperar algunos pocos restos y las cicatrices que dejó en cadáveres de cachalote, sugerencia de terribles combates.

A esta altura, lo del Titanic es un lugar común, especialmente luego de la película. Pero no hay luz sobre todo lo relacionado con el naufragio ocurrido en 1912. Puntualmente, catorce años antes, con la publicación del libro "Futilidad". Su autor es Morgan Robertson, hoy olvidado pero entonces con cierta reputación como escritor de historias marinas. Cuando el Titanic no existía ni siquiera como un boceto en un plano, Robertson quiso retratar la altanería del hombre y su derrota ante el destino implacable con el relato del "transatlántico más grande construido por el hombre", el Titán. En la novela, el Titán es concebido como un barco indestructible que impacta contra un témpano: con el casco rajado y pocos botes salvavidas, se hunde y con él la mayoría de los pasajeros. Si hasta ahora la coincidencia de lo narrado con la realidad posterior parece demasiado, debe decirse que no termina acá. En efecto, es sólo el comienzo. Basta referir las características del ficticio Titán (entre paréntesis, la correspondencia con el Titanic): viaje en abril (10 de abril de 1912); 70.000 toneladas de desplazamiento (60.000); eslora 800 pies (882,5); tres hélices (3); velocidad máxima 24 a 25 nudos (la misma); capacidad máxima 3000 pasajeros (idéntica); 2000 pasajeros a bordo (2230); 24 botes salvavidas (20); 19 compartimientos estancos (15); tres motores (los mismos); rotura del casco a estribor (el mismo lugar). Cabe recordar que "Futilidad" se publicó nueve años antes de que comenzara la construcción del Titanic, entonces absolutamente inexistente.

Es fácil pensar que este autor, quien siempre sindicó el origen de su inspiración en un "colaborador astral", tuvo fama y celebridad luego del desastre. La editorial apostó por eso y reeditó la novela, pero sin éxito. Los lectores prefirieron la sangre fresca en los diarios y no la novela premonitoria de un Robertson que moriría poco después, en 1915, con nada más que cincuenta y cuatro años de edad. Así, el retratista del mar y los naufragios se hundió, él también, en el silencio eterno y negro que comparten las profundidades y el olvido.

2 comentarios:

El hombre de arena dijo...

¡Hay! mar, dime por qué te quiero,
por que mis ojos te sueñan
sin haberte visto nunca,
¿Será que habrá en mi sangre sal de tu espuma?.
Saludos Matias

Matías dijo...

bonito poema. Me hace recordar a Alfonsina Storni.
Saludos