sábado, 8 de septiembre de 2007

El estilo de la Estrella

Mil novecientos diecisiete fue, quizás, un año clave en la vida de un escritor clave. Europa hervía por los fragores de la Primera Guerra Mundial, y del otro lado del océano un muchachito se aprestaba a abandonar su ciudad natal para enfrentarse a su destino. Se trataba del segundo hijo (de seis) del doctor Clarence Hemingway, quien contaba con diecisiete años y un boleto de ida hacia Kansas City. Frustrada por el momento su solicitud de enrolamiento, el joven Ernest estaba resuelto a no quedarse vegetando en Oak Park mientras el mundo burbujeaba con ferocidad y excitación. Esa determinación de pelear su propia guerra fue el salvoconducto para la despedida en el andén, un adiós amargo que terminó de explotar en sus entrañas con la sonrisa entristecida de su padre, pero sobre todo con el abrazo tieso antes de abordar. Pero en Kansas ya lo esperaba su tío Tyler y por sobre todo un anhelo que lo desvelaba: ingresar como redactor al Kansas City Star.

Había allí un editor, C.G. Wellington, que gozaba de cierta e inquietante fama. Corrían los comentarios sobre la violencia de sus modos; hasta se decía que arrojaba las maquinas de escribir por la ventana. Ernest no pudo comprobarlo, el derecho de piso a pagar para un jovenzuelo inexperto implicaba mucho trabajo de calle y poco en la redacción; aun así, se dio de cabeza una y otra vez contra la tirantez de riendas que imponía el implacable editor. El redactor que mintió su edad para entrar al diario maldecía en bollos de papel la férrea disciplina de estilo que era dogma en esa redacción; después de todo, todavía era un muchachito irreverente. Pero mientras los bollitos terminaban en el cesto, quien ganaría el Nobel de Literatura tres décadas después absorbía, inconscientemente y hasta hacer propio, el manual Wellington:

"Frases cortas. Inglés vigoroso. Escriba en positivo, no en negativo. Si usa argot, que sea reciente. Tiene prohibidos los adjetivos extravagantes como espléndido, magnífico, grande, suntuoso. A lo sumo indique cuando una herida es leve o peligrosa. Cada oración debe tener un verbo. Cada crónica debe tener un lead en el que se narre una historia."

El jefe también despotricaba contra "esas tonterías tipo flujo de conciencia", o "simular ser un obtuso observador en un párrafo para convertirse en un Dios todopoderoso en el siguiente". El resúmen era simple: "Escribir sin trucos". Nada menos.


Muchos años después, en un reportaje que dio a George Plimpton, Hemingway diría: "Yo trataba de aprender en Kansas, hacia 1920, las cosas inadvertidas que constituyen las emociones, como la manera que tenía un outfielder de tirar su guante sin volver la cabeza para ver donde caía, el crujido de la resina bajo las zapatillas de un boxeador en el gimnasio, el color gris de la piel de Jack Blackburn cuando terminaba su entrenamiento y otras cosas que yo anotaba como un pintor cuando hace sus bocetos."



La escuela de vida que proponía ese trabajo de quince dólares semanales se interrumpió a los seis meses. Era el ejército italiano quien pedía sus servicios y allá fue Ernest para unirse al cuerpo de camilleros. Su participación en la I Guerra Mundial fue casi cinematográfica: Condujo ambulancias y corrió cargando despojos entre tormentas de balazos y explosiones, hasta que algunos proyectiles destrozaron una de sus piernas y lo confinaron en un hospital de campaña, desde donde vio el final de la guerra y emprendió el regreso a casa, llevándose medallas y el amor de una enfermera.



En poco tiempo volvió a Europa, para instalarse en lo que sería su segundo hogar: París. Allí frecuentó a escritores como Ezra Pound y Scott Fitzgerald, y desde ahí alcanzó las primeras cumbres de su éxito con la novela "The sun also rises" (traducida como "Fiesta"). Los temas bélicos priman en el rosario de esmeraldas que es su obra: también de eso habló en "Adiós a las armas" y en la magistral "Por quien doblan las campanas". En esta última se consolidó otro de sus amores: España. Para corresponder a este amor, y quizás también para satisfacer su instinto periodístico atestiguando los hechos de primera mano, Hemingway participó en la Guerra Civil que ensangrentó hasta partir en dos a la Península. Más tarde intensificó el flechazo a través de una de sus grandes pasiones: las corridas de toros. Escribió y mucho sobre España, a tal punto que Camilo José Cela dijo sobre él, en los albores del sesenta: "Para mí, se quedó fuera en algunos matices y adivinó, sin embargo, lo substantivo de España. Jamás un escritor de lengua no española nos intentó ver con más amor".



También tuvo un tercer hogar: La Habana. En esa ciudad construyó su "Finca Vigía", la que hoy es un museo dedicado a él. En las entrañas de su bunker cubano terminó retornando al estilo aprendido en el Star para alumbrar su obra cumbre: "El viejo y el mar", la que le granjeó el Pulitzer en 1953 y le abrió las puertas para el Nobel de Literatura del año siguiente. Pasado un año de la Revolución regresó a la isla, y enseguida le preguntaron por Fidel Castro:

- Vamos a ganar. Nosotros, los cubanos, vamos a ganar.-dijo en perfecto castellano Papá Hemingway al periodista, que era Rodolfo Walsh, y continuó:-I am not a yankee, you know.



Sobre la literatura, alguna vez dijo:"Hay que hallar las causas de la emoción. Entonces se toma nota de ellas sin olvidar ningún detalle con el fin de que el lector lo viva y le cause la misma emoción que le causó a usted. Trate de meterse en la cabeza de la gente. Si Carlos echa pestes contra Juan, reflexione acerca de los puntos de vista que ambos tienen. No se limite a establecer quién tiene razón. Las cosas son como son, y no como deben ser. No debe censurar, sino comprender. Cuando las personas hablen, escuche atentamente. No piense en lo que usted va a decir: la mayor parte de nosotros no escuchamos nunca, ni tampoco observamos. Piense continuamente en los demás".


La vida de Hemingway fue novelesca: Tres guerras (también combatió en la II Guerra Mundial, incluso estuvo en el desembarco de Normandía e ingresó en París con las tropas aliadas), cuatro matrimonios, dos accidentes de aviación...Quizás por tanta aventura y muerte que hubo a su alrededor, o tal vez por aquel "escape" que según Miguel Najdorf "necesita el intelectual", es que desde temprano Hemingway fue alcohólico. Esta enfermedad crónica, sumada a tanto ajetreo, terminó disparando la predisposición hereditaria a sufrir transtornos mentales que había en su familia.

Se le diagnosticó trastorno bipolar e insomnio. Al alcoholismo se le agregó la diabetes para resquebrajar aun más su castigada condición. Recibió entonces un tratamiento de electroshock en un intento desesperado por rehabilitarlo, pero fue peor y todo desembocó en una amnesia severa. Perdida entonces su memoria, según él algo esencial para un escritor, quedó privado de la escritura; mientras que para complicar las cosas, a esa altura prácticamente tampoco podía leer. Seguramente su amigo A.E. Hotchner se estremeció cuando por carta Hemingway le confió que, tras la pérdida de su memoria, ya no quería vivir más.


Poco quedaba ya para el final de Hemingway, final que conmocionó al mundo. Sucedió el 2 de Julio de 1961, cuando el escritor bajó al primer piso de su casa de Ketchum, en el estado de Idaho, con la decisión ya tomada. Fue hacia su escritorio, apoyó en su frente los dos caños de una escopeta y sin vacilar se voló la cabeza.




Prontito y por este mismo canal, un cuento de este gran escritor.
¡Hasta entonces!

2 comentarios:

Fleder dijo...

Muy buena historia de vida. Sabía algo de Hemingway (no mucho), pero no tanto... :)

Matías dijo...

viste, ahora sabes mas! jaja ;)

gracias por el comentario