domingo, 11 de marzo de 2012

Té para uno







(viene de la entrada anterior)



Esas ocho palabras le bastaron para ganarme. Oliverio, definitivamente, era el más especial de todos los poetas que me buscaron.
Latíamos el uno en el otro, confesión de sus ojos cada vez más grandes, avellana salvaje. Todavía estaba junto a la tumba fresca cuando esgrimí, disfrazada de mi mano, la invitación a escapar de ese contertulio, para rescatarla de los ecos de la muerte que cabalgaban el cuarto creciente de su incomodidad.
Borges quiso hablarme, balbuceó algunas palabras sueltas, hasta que la mano de Oliverio volvió, no ya para limpiar la mesa sino para invitar la mía, “señorita Lange, ¿me concedería la gracia y el éxtasis de su compañía?”.
Dolor profundo, insondable abismo de asfixia.
Celestial el guante que resbaló como cuchilla por mi brazo, rojo como si fuera la primavera de mis venas, imborrable como si fuera la única que olvidó su rastro en mi piel…
De la mano me sacó del salón y de Borges. A su lado marché feliz, haciendo caso omiso a los dedos que señalaban y las manos que tapaban las bocas, hacia la noche fresca.
Oscuridad amiga, perfecto tu lecho inalcanzable al que esa tibieza escarlata me llevó.
Noche inverosímil, junto a la silla vacía, mi consternación, la piedad muda de los demás. Aplastado por la catástrofe, debí marchar por el mismo camino que previamente desandaron los nuevos y trágicos amantes, junto al lago y las sombras, acompañado por el silencio sin límite y las intuiciones peores.
Más de una tarde volvería a ese camino, algunas veces verde, otras dorado de otoño. Los patos del lago me conocieron.
— ¿No nos traés más poemas? — deslizaba algún amigo en el bar que cada vez me veía menos, un sutil mensaje en clave.
— No escribo más poesía. No me sale — contestaba yo en el mismo código.
Otros temas, otros escritos: ésas eran mis armas contra la memoria. Esoterismo, magia, alquimia, todo cifrado en prosa, todo dentro de las tapas de un libro chico, “Discusión”, 1932 rezaba en los bajos de la carátula a la que pocos iniciados prestaron atención.
Dormía el recuerdo un letargo pesado y distante que a veces revivía para volverse abrumador, vecino, aferrado a mí como esa tarde que volví al bar y dos amigos, al verme, escondieron rápido el libro que leían: “Espantapájaros” susurró la tapa fugaz, la G grande y roja de Girondo, también de Lange. Se dieron cuenta, mi gesto delator. El poemario del que hablaba la ciudad, sensación, burbuja, la obra del otro en ese mismo año. Giré sobre mis talones y me fui.
No volví al bar. Sí al camino junto al lago, la vía de la crucifixión. Después fui a una armería. El hombre detrás del mostrador, sin pelo y con la cara como de otro tiempo, tendió el arma con desgano. La misma indiferencia encontré en el primer hotel que encontré, donde apurado pedí un cuarto. Destino trágico el que pretendía emular, Leopoldo Lugones sentado en esa cama vetusta, el arma sopesada por mis manos que pegaron afiches literarios en los arrabales porteños, que forjaron los poemas que nunca volverán, que supieron de ese guante rojo y esa mano graciosa, sutil, perfecta. Inútiles para lo uno y para lo otro. A la mañana siguiente el pasillo me vio cerrar la puerta con cuidado, para encerrar al arma escondida debajo de la almohada y al insomnio de esa noche de espera, infinita duda, flagelación sin pausa.
Los años pasaron. Con ellos se fue el color de las cosas, la luz. Despacio llegó la veneración, mi apellido retumbando en las bibliotecas, las filas del banco, las aulas, los muelles. Invitaciones, conferencias, aplausos, premios, condecoraciones, la crítica de rodillas y haciendo reverencias, todo se multiplicaba alrededor de mi apellido, de mi firma en infinitos libros. Todo en la misma enorme ciudad que aún cobija, en alguna parte, la caminata fantasma del poeta y su musa; los susurros de ambos los clavos de mi cruz; la sangre resbalando por mis brazos, la tinta que llena mis libros…, siempre con la B grande en la tapa, para llevar la vista hacia mi apellido que es el gancho según los editores cuyo capricho consiento. Pido una sola condición: que sea de color rojo. Sí, rojo. Un rojo intenso que ya no puedo ver.  


(P.D.: prometo devolver los comentarios pendientes en el cortísimo plazo. ¡Perdón y gracias!)

5 comentarios:

Byron Campoverde Cabrera dijo...

Es un final con un gusto agridulce....me gusta.
Pero he de confesarte que me ha costado,al principio no me enganchó,pero conforme iba leyendo me atraía cada vez más^^

Luna dijo...

Para escribir así, hay que saber volar. No?

Yo veo una "S" grande, el color, lo sabés vos.

Saludo enorme, Matías.

Eleanor Smith dijo...

Girondo. A quién no, no? A mí también me tiene el corazón robado.
Tu texto me gusto mucho. Todas las partes.

Un beso o 2 #
Flores mustias cumplió su ciclo.

Séptimo cielo
http://eleanorsmith15.blogspot.com/

Ahora estoy allí Mati.

Rayuela dijo...

y entonces habrá escrito: cometí el peor de los pecados/ no he sido feliz

muy bueno, matías!
un abrazo*

Matías dijo...

Byron: y es el que esa experiencia le ha dejado a Borges, no lo dudo. Según un escritor y ensayista nuestro, este suceso le marcó la vida de manera rotunda y lo proscribió de la poesía. Un abrazo amigo!

Luna: Supongo que sí. Es tan difícil, tan inestable este oficio...que cada enfrentamiento con la página virgen pone en duda y tela de juicio todo lo aprendido, todo lo logrado. Nuestras alas, siempre a prueba. Besote y gracias por tus palabras!

Eleanor: Pero muchas gracias! Tomo nota de tu nuevo hogar. besote

Rayuela: apuesto a que esa frase tan suya tiene bastante que ver con aquella experiencia. Abrazo y gracias!