lunes, 31 de diciembre de 2007


¡Falta tan poquito!
Un año ya cierra sus maletas para irse y en el umbral espera uno nuevo, con manos y bolsillos llenos de esperanzas y proyectos por cumplir.
En lo que a mi respecta, entre otras cosas, está el varias veces mencionado segundo libro asomando por las gateras. Me queda medio cuento para tener concluidos los borradores. Luego vendrán, desde luego, hacha y motosierra para la ardua e interminable corrección... pero eso ya es otra historia. Por lo pronto, el 2007 debería despedirse con las semillas plantadas.
Nuevamente gracias por tu compañía y, Dios mediante, ¡nos veremos el año próximo!.

lunes, 24 de diciembre de 2007

Navidad



Es en este día tan especial que nos reencontramos.

Quisiera no extenderme demasiado. Para empezar, es un lindo momento para agradecerte tu compañía, sea esta tu primera visita o si ya abrazaste flores de este jardín junto a tu pecho. Porque si riego y acicalo este jardín es para vos, estimado visitante o querida invitada, que con tu presencia le das sentido a todo esto.

Por otra parte, en estos días recordé unas palabras de Rabindranath Tagore: "Cada niño que viene al mundo nos dice: "Dios aún espera del hombre" . Sin pretender abordar las connotaciones religiosas de la fecha, quizás también sea una buena instancia para pensar que nunca es tarde para empezar o para cambiar, para torcer, para mejorar. En el umbral de un nuevo año, deseo de corazón que su curso nos encuentre cada día viviendo más y existiendo menos; cada día soñando más, porque de esa manera dejamos un camino de miguitas para los milagros; cada día con las manos llenas de cosas para dar, aunque no sea más que una sonrisa, porque aun así podemos iluminar los ojos grises de alguien. En definitiva, que nos encuentre cada día siendo mejores personas, pero no mejores que los demás porque no es una competencia, sino siendo mejores de lo que eramos el día anterior.


Nuestro regalito para esta Navidad es un cuento mágico de Oscar Wilde. Clickeá para abrir tu paquetito.


¡Feliz Navidad!


lunes, 17 de diciembre de 2007

Un Relámpago en la Noche

La otra vuelta hablábamos de Baudelaire cuando apareció furtivamente el nombre de otro "poeta maldito". Se trata de Arthur Rimbaud, aquel joven y salvaje escritor que irrumpió en la escena literaria francesa como un vendaval que todo lo destruye.

Ciertamente, existen varias semejanzas entre ambos. Una infancia oprimida por la rigidez parental, en este caso de su madre; un padre que desapareció cuando el autor sólo tenía siete años. Sí, casi a la misma edad en que Baudelaire recibía como martillazo la muerte de su padre, el de Rimbaud, un militar condecorado con la Legión de Honor por sus proezas en la Argelia donde tambien brillara el comandante Aupick, abandonaba para siempre a su familia en pos de más aventuras bélicas.



Ya de chico, Rimbaud apeló a la rebeldía para resistir la durísima intransigencia educativa de su madre, por lo que casi continuamente se escapaba para respirar un poco de libertad. De todos modos, siempre terminaba regresando a la casa familiar en Charleville, ciudad del noroeste francés donde había nacido en 1854, tres años antes de la edición de "Las Flores del Mal".


A pesar de su carácter ingobernable, Rimbaud descollaba en sus estudios, especialmente en la parte de lengua y literatura. Por entonces ya era un jovencito que arrasaba con todos los premios de redacción y de composición poética que se le cruzaban por delante. Nadie osaba dudar que ese muchachito flacucho tenía un talento descomunal. Sus profesores, deslumbrados por la fenomenal pluma que tenían ante sí, se deshacían en elogios. Uno de ellos, Desdouets, le dedicó palabras premonitorias: "Nada banal germina dentro de esta cabeza: será un genio del Mal o un genio del Bien".


Otro docente, Georges Izambard, jugaría un papel decisivo. Este veinteañero profesor de retórica asumió el desafío de encauzar su tremendo potencial y entonces, bajo su batuta, Rimbaud no tardó en alcanzar la maestría técnica en sus versos. Ya ordenado Poeta, genio literario con apenas quince años de edad, aun quedaba definir el resto de la profecía de Desdouets. Y como casi todo en la vida de Rimbaud, las respuestas se abalanzaron vertiginosamente .


Francia hervía al ritmo de las turbulencias políticas. En París se desarrollaba el experimento de "la Comuna" y Rimbaud estaba ahí, caminando las callecitas tumultuosas para rescatar lo que luego volcó en los versos de "La orgía parisina o París se repuebla". Pero también escribió otro poema, "El corazón torturado", espejo roto que traslució los horrores del abuso al que fue sometido por una patota de soldados comuneros.


A partir de ahí, su comportamiento se desbarrancó. Vagaba por las calles borracho, cubierto de harapos y con el pelo hirsuto; mientras que varios "Muera Dios" en iglesias y capillas salieron de su mano.




Al rescate acudió una figura de la poesía francesa de entonces. Se trataba de Paul Verlaine, el mismo a quien varios años antes un recluido Baudelaire le había anticipado la consagración. Verlaine había leido "El barco ebrio" y ahí mismo supo que estaba ante un prodigio de las letras. Enseguida le remitió una invitación para conocerlo, y Rimbaud terminó instalándose en la casa donde vivían Verlaine, su esposa y el hijo de ambos.


Comenzaría entonces un episodio crucial y salvaje en la vida de los dos escritores. Verlaine y Rimbaud se hicieron amantes y adoptaron una existencia de vagabundos, al arrullo de todo tipo de excesos narcóticos, acrecentando sus producciónes poéticas y el horror en los refinados círculos culturales parisinos. Arrastrado por la pasión, Verlaine abandonó a su familia para irse con Rimbaud a Londres. Sin embargo, no faltaría mucho para el punto final.


Otra vez fue la violencia que las drogas arrancaban a Verlaine, la misma que antaño se traducía en tremendas palizas a su pequeño hijo. Ahora estaban en Bruselas cuando, tras una asperísima discusión, Verlaine sacó un arma y le disparó a Rimbaud. Si bien lo hirió en la muñeca, Rimbaud quedó aterrado y lo denunció. Comenzó así a un implacable proceso judicial que, obviando el desistimiento que Rimbaud hizo de su acusación, atendió más que nada a las pruebas aportadas por la ex esposa del acusado para condenarlo a dos años de prisión.



Las tormentas de esa relación terminaron conformando "Una temporada en el Infierno", obra con la que Rimbaud incursionó en prosa con aclamaciones y aplausos. Con este libro dio impulso decisivo al simbolismo moderno, movimiento místico del que Baudelaire fuera profeta.



No contento con eso, Rimbaud siguió abriendo caminos y así fue como inauguró el verso libre francés con las"Iluminaciones", volúmen publicado en 1874 que se convirtió en su obra más conocida.



Puede decirse que en ese momento estaba en la cima.

Pero Rimbaud decidió renegar de los laureles y de su pluma avasallante. Para 1875, cuando se reencontró por última vez con Verlaine, había abjurado definitivamente de la literatura para abocarse a una vida más "normal".

Se consagró entonces al trabajo; viajó por Europa, Asia y la península arábiga para terminar en territorios de la actual Etiopía, donde se dedicó exitosamente al tráfico de armas hasta que una grave infección en su rodilla le impuso el regreso a su país natal. Recién llegado a Marsella, con un cuadro muy desmejorado, los médicos le amputaron la pierna en un intento desesperado por salvarlo. Pero tras varios meses de convalescencia, Rimbaud murió. Tenía 37 años.

Como dato de color, puede acotarse que existe una película que refleja la relación entre Rimbaud y Verlaine. Data de 1995 y su título original es "Total Eclipse" (traducido como "Vidas al límite", para agregar otro desopilante botón a la legión de traducciones bufonescas que alguien, me gustaría saber quien, hace con los nombres de las películas), con las actuaciones de Leonardo Di Caprio y David Thewlis como Rimbaud y Verlaine respectivamente.

Continuando con los detalles: más allá de que el rótulo "poeta maldito" tenga relación directa con lo controversial que los poemas de un autor resultaron para sus contemporáneos, lo cierto es que Baudelaire, Rimbaud, Mallarmé y otros más empezaron a ser llamados así luego de que sus mejores poesías fueran compiladas por el mismo Paul Verlaine en una antología que se llamó, justamente, "Los Poetas Malditos".



Yendo a la obra de quien ha tenido una vasta influencia en poetas y músicos de todas las épocas (por ejemplo, Kurt Cobain), hoy compartiremos su poema "El barco ebrio", al que podés acceder haciendo click acá.


En unos días más, Dios mediante, volvemos a encontrarnos.

viernes, 7 de diciembre de 2007

Tijeras Mágicas

Confieso que estuve bastante ajetreado ultimamente. Entre exámenes finales e intentos de preparación para una competencia que será en pocos días más, estuve un poco lejos de este jardín ahora lleno de malezas. Pero el abandono ya cae de rodillas, segado por otro poema de mi amiga Mabel.

De su libro "Mi lugar en el Sur" corté esta orquídea que ahora es tuya. La llamarás "Desafío" y entonces ella te dirá, en un susurro...

Pon en mí
tu mirar
ojos de mar
que ya me cruzas...

La vereda se ensancha
y muero por rozarte...

Bajo la mirada...
De tu boca resopla
un tímido saludo
que al escucharte
todo mi ser
se queda mudo
y te aseguro
que hasta mi alma
quiere contestarte.

Aunque nunca
te enteres...


La semana venidera, Dios mediante, te espero de nuevo por acá.

sábado, 17 de noviembre de 2007

El Jardinero del Mal


Es el año 1821 y estamos en París. En el noveno día de abril nace el segundo hijo de Joseph Françoise Baudelaire, a quien dará el nombre de Charles. Por entonces este ex sacerdote ya es un hombre entrado en años, en contraposición a su joven esposa Caroline; hombre de vasta cultura, fue quien inicia en las letras al más pequeño de los Baudelaire. Sin siquiera sospecharlo, marcaría así el destino monumental y trágico de quien luego sería llamado "el poeta maldito".



Pero no llega a ver nada de eso. Muere en 1827, cuando su segundo vástago tiene nada más que seis años. Su viuda Caroline, resuelta a dejar atrás la pérdida, se muda casi enseguida y nada más que veinte meses después del funeral contrae matrimonio otra vez. Se trata de un vecino suyo, el comandante Jacques Aupick, un joven y promisorio oficial del ejército de Francia. Este nuevo enlace de su madre golpea con dureza el alma niña de Charles, terreno ya apto para que empezara a germinar un odio profundo hacia su ahora padrastro.


Llegan las campañas de Argelia. Aupick tiene un desempeño brillante que le vale sucesivos ascensos y traslados junto a su familia a nuevos destinos. De esta manera pasan unos años en Lyon para volver luego a París; Charles queda confinado en colegios pupilos de ambas ciudades por decisión de la familia, ya convertida a la rígida y conservadora personalidad militar de Aupick. En primeras instancias, Charles languidece de aburrimiento en los colegios, pero luego le servirán para descubrir a autores como Chenier y Sainte-Bauve. Aunque termina expulsado, obtiene su título y ya está en condiciones para formalizarse en la facultad de Derecho, trámite que concreta en 1840.


Es en ese momento donde el joven Baudelaire se hace asiduo al Barrio Latino, lugar donde se sumerge en el submundo literario de la Ciudad Luz, profundidades que lo atraparían para siempre. Entre tantos otros allí conoce a Balzac, y allí también comienza a liberalizar sus costumbres con los modos típicos de la bohemia parisina de entonces: consumo de opio y otras drogas, además de frecuentes correrías por prostíbulos de todas las cataduras. En uno de estos tugurios conoce a Sarah, una meretriz de origen judío, con la que tendrá un vínculo intenso y extraño, a tal punto que a ella consagró uno de los poemas de "Las Flores del Mal".


Semejantes ocurrencias resultan espeluznantes para la familia Aupick, en cuyo seno empiezan a pergeñar planes para abortar el escarnio social. Su padrastro le propone una carrera diplomática pero Baudelaire lo rechaza en el acto. Ser escritor es la única opción que reconoce, sólo le quita el sueño la gloria literaria. Ante tamaña afirmación, madre y padrastro deciden apelar a métodos más directos. Con el propósito de extirpar a Baudelaire de los bajos fondos y sus delirios literarios, lo embarcan en distintos viajes hacia los confines del mundo, viajes de los que el poeta termina escapando indefectiblemente para regresar a su hábitat natural.


El año 1842 lo encuentra otra vez en París. Es el año en el que cumple la mayoría de edad, por lo que recibe la herencia paterna. Son 75.000 francos. Con el dinero contante y sonante, lo primero que hace es abandonar la casa de la familia Aupick para independizarse del yugo opresor. Sus siguientes pasos también resultan previsibles. Los suburbios lo ven pasar nuevamente, y en sus prostíbulos se enrieda en amoríos turbios que harán florecer sus mejores poemas. Podemos citar, por ejemplo, a Jeanne Duval, una mulata pseudo actriz de tercera categoría en cuyos brazos Baudelaire caerá perdido una y otra vez hasta el final, sin que lleguen a importarle las innumerables infidelidades que implica el oficio de la mujer.


La herencia se le cae a pedazos de las manos. Pero Baudelaire será siempre fiel a sus instintos. No hay parroquiano en el antro donde se encuentre el poeta que no quede asombrado al hablar con él, nadie resiste su verbo deslumbrante ni aún cuando miente y saca historias de la infinita mina de diamantes que es su imaginación. Pero Baudelaire, indiscutible campeón del arrabal y sus tinieblas, terminará siendo una víctima de sí mismo. Tamaño desdén por sus finanzas degenera en múltiples deudas, resquicios para que su padrastro vuelva por más. Su madre Caroline y Aupick consiguen que un juez quite al poeta la administración de sus bienes, la que recae en...sí, su padrastro. Baudelaire sólo podrá disponer de una cantidad irrisoria para su modus operandi: seiscientos francos trimestrales.


El radical cambio de escenario será irreversible para Baudelaire. Acosado por sus acreedores, vive escapando y escondiéndose en las casas de sus amantes, mientras trabaja sin descanso en el perfeccionamiento de sus poemas. No sólo eso, también escribe ensayos llenos de preciosa emoción, en los que defiende apasionadamente a su amigo Delacroix; publica sonetos y aforismos en diversas revistas literarias y, además, aparece su primera novela corta, "La fanfarlo".

De todos modos, Baudelaire no está encaminado ni mucho menos. En 1845, estando en un cabaret con amigos, intenta suicidarse con un puñal. Aterrado por el escandalo social que lo amenaza, el padrastro paga las deudas del poeta y se lo lleva a su casa, en un enésimo intento por domesticarlo. Pero Baudelaire es indomable. Al poco tiempo vuelve a irse del hogar de Aupick para reemprender un nuevo raíd por los salones literarios. Conocerá a más luminarias de la literatura, como Flaubert; mientras que para no deshonrar sus pergaminos, enhebrará otra serie de romances turbulentos con prostitutas, mujeres casadas y esposas de amigos.


En tanto que el poeta maldito da rienda suelta a lo más abyecto de sus emociones, Francia vive tiempos convulsionados. En las calles explota la revolución, y en el tumulto ciudadano Baudelaire es un agitador más, pero con un objetivo claro. Nada menos que reclutar adeptos para que fusilen a su padrastro, adicto al régimen. En este lapso conoce a Poulet Malassis, quien luego será el editor de "Las Flores del Mal".



Este libro aparece en 1857, aún cuando sus poemas fueron escritos por un veinteañero Baudelaire. Su publicación genera una polémica inmediata que incendia al pueblo francés. Se lo acusa de depravado y de insultar a la moralidad pública; desde el diario conservador "Le Figaro" califican de "monstruosidades" a varios de sus poemas.
Tras un controvertido proceso, el gobierno de Luis Napoleón encuentra culpables de los cargos a él y a su editor y los condena a pagar fuertes multas. Además, seis poemas son eliminados de las ediciones futuras de la obra. Algunos pocos colegas acuden en defensa del "poeta maldito", entre los que se encuentran Sante-Beuve y Víctor Hugo, quien le escribirá: "Usted ama lo Bello. Deme la mano. Y en cuanto a las persecuciones, son grandezas. ¡Coraje!".




El resultado de este proceso, que lo ha dejado a los ojos de la sociedad como el apóstol del vicio y la perversión, lo aleja del reconocimiento que anhela. Baudelaire se recluye, buscando en el silencio un elixir contra el agobio. Sólo muestra entusiasmo por la obra de dos nuevas promesas de la poesía gala: Mallarmé y Paul Verlaine, el mismo que años después sería actor fundamental en la corta y tumultuosa vida de otra "pluma diábolica", Rimbaud.



Al declive social se le suma la decadencia física. Su cuerpo empieza a cobrarse tantos excesos. Sufre problemas respiratorios, gástricos e incluso le reaparece la sífilis. Pero eso no es todo. El clímax lo marca un primer ataque cerebral, del que apenas logra recuperarse. Con su salud en pleno derrumbe, recurre al opio y al éter como subterfugios para escapar a los terribles dolores que lo traspasan. Llegaría a tal extremo en el uso y abuso de los narcóticos que en 1860 publica "Los Paraísos Artificiales", un racconto de su experiencia personal con las drogas y sus efectos; éste libro tendrá una segunda parte, llamada "Encantos y Torturas de un Fumador de Opio", aunque esta vez el protagonista es Thomas de Quincey.





Un año más tarde, seguramente consciente de que el final se le aproxima, intenta un último golpe. Solicita entonces el ingreso a la Academia Francesa, honor que sin dudas lo resucitará socialmente y dará a su obra el prestigio que le es tan merecido como esquivo. Los académicos no piensan igual y lo rechazan.

Doblegado por lo precario de su salud y la desnutrición de sus bolsillos, Baudelaire viaja hacia Bélgica. Encara allí una serie de conferencias sobre arte, pero fracasa estrepitosamente; resultado que se repite cuando reedita el conjunto de su obra en el país belga.
Estando en Bruselas, le llegan los elogios que los ascendentes Mallarmé y Verlaine hacen a "Las Flores del Mal", pero Baudelaire huele a oportunismo. Después de todo, nunca han dicho nada sobre los "Pequeños Poemas en Prosa". En los almanaques se arrastran los días de 1845.


Por entonces, la palabra "suicidio" aparece con persistencia creciente en la correspondencia de Baudelaire. Cuando su existencia ya es absolutamente miserable, un ataque de parálisis termina de destruirlo, dejándolo postrado y casi mudo. Su madre acude al rescate para llevarlo de vuelta a París, donde queda internado en un hospital, nada más que para esperar la muerte. Sus amigos van a visitarlo y junto a su cama interpretan obras de Wagner, compositor admirado por el agonizante "poeta maldito".



Baudelaire nunca se repuso del estado vegetal y casi inconsciente en el que sobrevivía. Así resistió varios meses hasta que finalmente el 31 de agosto de 1867 murió en los brazos de su madre. Tenía 46 años.


Sus restos fueron enterrados en el cementerio de Montparnasse... justo en la tumba familiar de Jacques Aupick, el padrastro al que odió con ferocidad.

Si bien tiene varias obras, el nombre de Baudelaire está indisolublemente ligado a "Las Flores del Mal", tercer y definitivo título para su poemario principal, sugerido por el periodista Babou a Baudelaire en detrimento de "Las Lesbianas" y "Los Limbos", rótulos previos que había elegido el poeta. Es con este libro oscuro y de técnica brillante que Baudelaire escribe su nombre con mayúsculas en la historia de la literatura. Podés leer algunos poemas de este volúmen haciendo click acá.